Opinión| ¡Al carajo!… Palabras contra todo razonamiento

Marco Antonio Aguilar Cortés Nuestras plumas

¡Al carajo!… Palabras contra todo razonamiento

Por: Marco Antonio Aguilar Cortés

Enviar a alguien “¡al carajo!” significa muchas cosas, pero todas ellas despectivas, y poco recomendables para el uso de personas de significativa responsabilidad.

El presidente Andrés Manuel López Obrador la ha utilizado muy seguido, y cada vez con más odio.

Por ello me permitiré recordar los significados de dicha expresión, tomados de los diccionarios enciclopédicos de la Editorial Aguilar y del Larousse.

Mandar a alguien al carajo significa “transferir a alguien o a algo al miembro viril”, “despedirlo con malos modos”, “denota mucho enfado”, “insulto grave”, “dirigirlo al lugar más despreciable”.

Esa frase, poco apropiada para un presidente de la República que representa a todos los mexicanos y debe atenderlos a todos, rompe cualquier intento de diálogo, denotando nulo razonamiento.

De por sí, el presidente Andrés Manuel en muchas ocasiones trata asuntos de grave importancia, pero, al improvisarlos, los descoyunta política e ideológicamente.

Su pensamiento político tiene una retórica de frases populares; sin embargo, está carente de una base filosófica sólida, y obligada, para una transformación como la que pretende.

Ha roto, con su diario decir, la idea válida de que un presidente no divide a los mexicanos, sino que los suma a todos, debiendo multiplicar su buena relación con ellos por bien del país, pero no restarlos.

A todos los que escribimos, o hablamos, nos pierden las adjetivaciones, más cuando éstas no describen con toda exactitud las características de las personas o cosas a las que hacemos referencia.

Pero no todos tenemos la extraordinaria responsabilidad de titular del poder ejecutivo federal, de una nación como la nuestra.

Recién, nuestro presidente, acaba de apostrofar a todos los que critican su estrategia de seguridad: “cretinos, desinformados e hipócritas”; y agregó, sin la existencia de un hilo lógico al respecto: “¿por qué se nos va a olvidar que Felipe Calderón se robó la presidencia?”

Ahí mezcló dos cosas sin relación directa.

López Obrador tiene la responsabilidad de la política de seguridad pública, en su calidad de presidente; además, recordemos que el Estado tiene como primera razón de su existencia dar seguridad a toda la población, conforme a derecho, independientemente de si Felipe se haya robado o no la presidencia.

Si con decirles a sus críticos en esa materia de seguridad, “cretinos e hipócritas”, garantiza la paz y orden jurídico en el país, que se los diga mil veces, pero esas palabras insultantes no sirven para ese buen fin. Y según las cifras duras respecto a la inseguridad pública, ni los abrazos ni los balazos han dado el resultado que se busca, que se necesita y que se desea.

La confusión forma parte de la estructura discursiva del presidente López Obrador, tan es así, que ahora propone que ya no se le diga “el triángulo dorado” a ese enclave de varios estados del país, sino que se denomine “región de gente trabajadora y honorable”.

Si con sólo palabras se pudiera cambiar la realidad, los problemas serían fáciles; pero, objetivamente nuestras dificultades son difíciles.

Juan Manuel Serrat puso de moda el poema de Antonio Machado: “Caminante no hay camino, se hace camino al andar”.

Sí, es cierto, se hace camino al andar, pero también se hace camino al pensar, al hablar, al hacer.

Y en el México de hoy, el hacer bien las cosas es básico para resolver esos graves problemas a los que me refiero.

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