Opinión| ¿Presidente o dictador?

Marco Antonio Aguilar Cortés Nuestras plumas

¿Presidente o dictador?

Fisiología de la corrupción

Por: Marco Antonio Aguilar Cortés

Nuestro polifacético y cambiante presidente, Andrés Manuel López Obrador, antes tan agresivo con los banqueros en sus embates improvisados, populacheros y ocurrentes, ahora, en la reciente LXXXV Convención Bancaria en Acapulco, con modosito discurso, leído, presentó un miniinforme salpicado de mentiras sobre sus tres años de administración, para después complacer a los convencionistas.

Aseguró: “Me comprometo ante ustedes, a respetar la autonomía del Banco de México… a no cambiar las reglas de la política bancaria… no enviar al Congreso ninguna iniciativa que afecte los ingresos de las instituciones financieras… no voy a imponer ninguna nueva regulación o control a ningún banco”.

Horas antes, el imprudente Andrés Manuel se había adelantado al autónomo Banco de México, ilícitamente, dando la noticia de un aumento al interés bancario, provocando tantas críticas, que tuvo que pedir públicas disculpas.

En ese mismo evento bancario, el titular de Hacienda Rogelio Ramírez de la O indicó, bajo la orden y aceptación del presidente: “Hay dinero en el erario público… hay dinero para megaobras, y… ¡hay bolsas que explorar!”

Y las bolsas más llenas, y cercanas, que tenía a la vista el secretario de hacienda eran, sin lugar a duda, las bolsas de los banqueros.

López Obrador, en discurso leído, se permitió recordar: “Mucho más de cuatro billones de pesos de la hacienda pública corre por instancias bancarias”.

Faltó otra vez a la verdad, ya que de manera “directa”, e “indirecta”, por las instituciones bancarias pasan los 7 billones 89 mil millones de pesos.

Y todo ese dinero es propiedad de los mexicanos. Ese dineral es de 130 millones de connacionales. Esa inmensa fortuna, inimaginable a nivel personal, la maneja actualmente en nuestro país un solo hombre: Andrés Manuel López Obrador, presidente autócrata de México.

Esa estructura concentradora, ese sistema de aglutinación, es la principal causa de la mala distribución económica que tenemos, es el gran motor que todos los días pone triunfante y en marcha a la enorme corrupción nacional que padecemos.

Ya el romano Quinto Horacio Flaco (65-8 a/e), hijo de un liberto y poeta lírico de sátira filosa, cultivando políticamente al emperador Octavio (César Augusto) revelaba: “El poder hace dioses”.

Por ello, con todo y los contrapesos legales instituidos, a los presidentes de México que me ha tocado conocer, (en su respectivo sexenio) la gente hecha masa, masificada en pueblo, los buscó, les aplaudió, les echó porras, los saludo con matracas, cargó pancartas con su efigie, les besó la mano lacayunamente, los elogió, los barbeó, quería tocarlos, hablarles, pedirles ayuda, solicitarles gracias y cargos, ante ellos esa masa humana se portó de manera indigna.

Con el presidente Amlo pasa lo mismo, pero peor.

Ha habido presidentes que se dejan querer más que otros; algunos han sido prudentes, muchos se han convertido en soberbios, cada uno se ha portado a su manera.

El presidente López Obrador promovió, desde sus primeros días de gobierno, que muchos de sus cercanos colaboradores públicamente lo señalaran “como un dios”; y en base a esa realidad miserable, muchos no eligieron “presidente”, eligieron a su “amo”.

¡He aquí la anatomía de nuestra corrupción!

Ese amo finge estar con el pueblo, les regala (con supuesta mano generosa) dinero que es del pueblo, y con la otra mano se los quita a través de contribuciones, inflaciones, devaluaciones y francos latrocinios.

No les da trabajo que los convierta en personas útiles y productivas, sino que con desparpajo les impuso la cultura del pordioserismo; y los usa como pobres, no permitiéndoles que salgan de su pobreza, agregándoles a su pobreza económica una pobreza moral.

Todos queremos acabar con la corrupción.

Entonces, ¿por qué no cambiamos las estructuras del poder, económica, educativa, jurídica, política, religiosa, ética y socialmente?, y desaparecer al amo autócrata, llámese como se llame.

Nadie debe aceptar vivir en esos hedores de mentiras que agranda día a día el presidente Andrés Manuel.

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