Opinión| “Que no haya tapados”…

Marco Antonio Aguilar Cortés Nuestras plumas

En los destapados está el tapado

Por: Marco Antonio Aguilar Cortés

En la democracia electoral la ley se respeta; y, ésta, dispone los lapsos y procedimientos de tipo electivo, además de establecer las autoridades con atribuciones en esta materia.

En México se vive actualmente una autocracia electoral. El presidente autócrata no respeta la legislación electiva, pisotea la democracia en esa área, imponiendo lapsos, procedimientos, y supliendo a las autoridades correspondientes.

Cuando el presidente Andrés Manuel López Obrador consideró conveniente, para sí, echar a andar la carrera electoral de su sucesor, la puso en movimiento.

Acomodó términos y condiciones, nombró prospectos a la candidatura a la presidencia del país, por su partido político Morena; e, incluso, aceptó que se les llamara “corcholatas”, como una forma de manipularlos, dejándolos sin un decoro inicial necesario.

La única razón (por demás falsa que ha expresado) es que en su sucesión “no debe haber tapados”.

En la jerga política nacional, desde hace cerca de un siglo, la gente empezó a llamarles tapados a aquellos prospectos que deseaban llegar a obtener la candidatura del partido hegemónico (PNR, PRM y PRI) a la presidencia de la república.

Primero, con el presidente Plutarco Elías Calles la regla era que él ponía y quitaba presidentes. Así designó a Pascual Ortiz Rubio, a Emilio Portes Gil, a Abelardo R. Rodríguez, y a Lázaro Cárdenas del Río.

A su etapa se le llamó “el maximato”.

Esa regla no estaba en la constitución, pero todos la respetaban; era algo así como supraconstitucional, un término metafísico del derecho mexicano, o del verdadero poder tras este sistema jurídico.

Uno de los logros de Lázaro Cárdenas del Río, como presidente, fue terminar con el maximato, expulsando del país a Calles.

Pero algo mejor suplió a ese procedimiento de sucesión de un caudillo tipo Calles.

El presidente y general Lázaro Cárdenas impuso la regla de que el ejecutivo federal en turno nombraba a su sucesor, y con él a su juez y/o verdugo. Con el paso del tiempo dejó de funcionar.

Así el PRI dejó el poder para recibir al siglo XXI. En los sexenios posteriores la presidencia la obtuvo el PAN. Pero en el siguiente sexenio el PRI recuperó dicha presidencia.

López Obrador militó activamente en el PRI. Renunció al PRI para inscribirse en el PRD; y dejó el PRD para fundar Morena, un movimiento que con gran rapidez ha obtenido muchos logros, a través de tácticas muy discutidas y de choque constante.

Y, ahora, Andrés Manuel está imponiendo algo muy parecido al maximato callista, bajo la regla de que “no haya tapados” para su sucesión presidencial, y con la espada de la revocación de mandato, sobre la cabeza de su sucesor.

Por eso, “las corcholatas” deben de ser débiles, y sujetas a sus maniobras.

Según el presidente, “ya no hay tapados”. Y sí, todos los de Morena están destapados; pero dentro de los destapados, hay un tapado, o tapada, y a todos ellos les hormiguea el estómago.

Sólo Ricardo Monreal no está dentro de ese grupo de destapados; y dice: “Yo no confío en las encuestas de Morena. Son manipulables”.

Y con esos destapados, en donde hay un tapado, se montó el gran teatro de presentación en la ciudad de Toluca, Estado de México, con toda picardía electoral de que es capaz el presidente.

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