Opinión| Nos ofreció sueños…y nos entrega pesadillas

Marco Antonio Aguilar Cortés Nuestras plumas

Nos ofreció sueños…y nos entrega pesadillas

Por: Marco Antonio Aguilar Cortés

Cuando un presidente regala, hoy, el dinero del erario con propósitos electorales, está sembrando, para la nación, el hambre del mañana.

La economía mexicana está teniendo uno de sus peores momentos. La inflación se encuentra imparable; sólo la rebasa la trágica inseguridad pública que padecemos.

Nuestros peligrosos problemas, siendo un asunto interno, se han convertido en noticias internacionales.

El papa Francisco ha clamado, y reclamado, desde El Vaticano: “Estoy consternado por tantos asesinatos en México, que causan un sufrimiento inútil. Estoy cerca, en afecto y oración, de la comunidad católica que sobrelleva está tragedia”.

Lo que pasa es que esa tragedia no es exclusiva de los católicos. Esta desventura no es únicamente para los 130 millones de mexicanos, sino que la estamos exportando y compartiendo con la población de muchos países.

Los abrazos decretados por el presidente Andrés Manuel López Obrador como el eje de la política mexicana de seguridad pública, se convierten en balazos asesinos que matan en territorio nacional, y también allende de nuestras fronteras.

Y por más que el presidente les eche la culpa a sus antecesores, el recurso de los proclamados abrazos ha provocado más delitos y asesinatos que los viejos balazos.

Lo balazos y los abrazos, tan opuestos entre sí, han sido tan inútiles como perversos. Tan malo el pinto como el colorado.

No olvidemos que los padecimientos naturales y sociales se encuentran globalizados, frente a los ojos de provincianos tabasqueños, ante la mirada de rancheros sonorenses, o delante a la vista de pueblerinos del bajío.

La mundialización, más la masividad poblacional del planeta, están induciendo una excitación migratoria en todos los continentes de la Tierra.

Emigran de países pobres, inseguros y violentos, por razones obvias. Pero, también, emigran mexicanos dentro de nuestro territorio, por esos mismos motivos de hambre, violencia e inseguridad.

Inmigran, todos los que lo logran, a sitios más seguros, pacíficos y con mayores posibilidades de desarrollo económico.

De agrandarse las olas migratorias en todo el mundo, aceleraríamos el mestizaje global, en todos los órdenes, y se aplicaría velocidad a cambios económicos impredecibles, más si se generan guerras y/o se descompusiera el medio ambiente que nos permite la vida en el planeta.

De cara a todo ello, nuestro actual presidente mexicano no da el ancho ni el largo ni la exacta medida del líder requerido.

Él sólo sabe de cosas electoreras. El cómico caso del famoso avión presidencial lo pinta de cuerpo entero. No sabemos si lo rifó o no lo rifó. Ignoramos si lo vendió o no lo vendió. Si lo regaló o no lo regaló.

Ese avión se ha convertido en el símbolo de su ineptitud. Costó mucho en tiempos de sus antecesores, pero ha costado más “en los tiempos de austeridad” de Andrés Manuel López Obrador.

Y como en los juegos infantiles: “Ahí está un avión presidencial cargado de… tontejez”.  

Sin embargo, para lo electorero, Amlo nos ofrece sueños, y nos entrega pesadillas.

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