Silogismos| 275-233… Y se declaró la muerte anunciada de la «Ley Bartlett»

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275-233… Y se declaró la muerte anunciada de la «Ley Bartlett»

Gritos, sombrerazos y trapitos al sol

Por Antonio Ortigoza Vázquez

El negociador del T-MEC, Ildefonso Guajardo, vio venir una andanada de injurias y rectificó: «Le ofrezco disculpas, presidenta».

Fue un episodio más en una sesión en que se echó mano de todo lo que permite la práctica parlamentaria para prolongar una votación con resultado conocido de todos, incluida una «ilustración» acerca del contenido del tratado comercial con Estados Unidos ¡al mismísimo negociador!

«Eso lo dije yo hace apenas unos minutos —replicó Guajardo— pero quizá usted, diputado, no entendió». La presidenta instó a Guajardo: «Concluya, diputado». El priista reclamó: «Estoy contestando…»  La presidenta insistió: «Concluya… no fue pregunta, fue ilustración».

El petista Gerardo Fernández Noroña de inmediato señaló al regiomontano como «majadero, irrespetuoso, grosero». Una diputada de Oaxaca, a su vez, soltó una andanada de insultos a toda la oposición y propuso: «¡Deberían crucificarlos a todos!».

Ya se veía llegar un tiroteo entre morenistas y oposición, cuando Guajardo decidió cortar de inmediato, no obstante que por «artes parlamentarias», el agredido fue convertido en agresor.

El clima de crispación fue la constante en una sesión de algo más de doce horas, para un asunto que pudo resolverse en cosa de media hora, toda vez que fue por demás evidente que la mayoría morenista no pudo nunca conseguir los 56 votos para la mayoría calificada que se requiere para modificar la Constitución.

Hubo momentos en que la violencia física se vio muy cerca, sobre todo por el febril activismo del ex gobernador de Michoacán, Leonel Godoy quien interrumpió  a los oradores de la oposición quizá en unas 30 ocasiones.

El zafarrancho verbal reventó cuando Godoy señaló a la diputada panista María Josefina Gamboa haber pisado la cárcel por atropellar con su auto, en estado de ebriedad a un ciclista.

El diputado del blanquiazul, José Elías Lixa, furioso, se levantó y le espetó: «Me he referido al vicecoordinador de Morena con mucho respeto durante toda esta legislatura, pero esta muestra rapaz de ser un patán y buscar señalar a una de nuestras diputadas de la forma más vil, más grosera y más pobre de honestidad intelectual (sic) pueda requerir como exigencia mínima a un parlamentario, no lo vamos a tolerar. ¡Si quiere hablar de delincuencia, que voltee a ver primero a su familia, y con mucho gusto, de manera posterior conversamos ¡cobarde!»

Estalló un griterío con alterado tono contra Lixa y minutos después, con voz entrecortada por la ira, Godoy replicó: «Le recuerdo que las responsabilidades penales no son transferibles…»

La alusión era a un incidente de varios años atrás, que por cierto no tuvo el seguimiento periodístico necesario, en ese momento ni después. Fue un episodio muy vergonzoso:

Julio César Godoy, hermano del entonces gobernador perredista de Michoacán, Leonel Godoy, enfrentó de pronto una orden de aprehensión por delincuencia organizada, en sus ligas con «La Familia Michoacana». El indiciado era diputado electo por el PRD y al declararse prófugo de la justicia, no tuvo oportunidad de rendir protesta en la Cámara de Diputados.

Pero sucedió algo que, pese a evidencias, no tuvo consecuencias legales: el entonces coordinador de los diputados del PRD, Alejandro Encinas (hoy subsecretario de Gobernación), introdujo a Godoy en la cajuela de su camioneta al recinto legislativo, le ocultó en su oficina y en su momento, le presentó ante la presidencia de la colegisladora, Godoy protestó como diputado y de inmediato desapareció, a la vista de la policía.

El PRD mostró en ese momento una desfachatada impunidad, cuyos actores principales ahora son prominentes miembros de Morena.

¿Por qué no lo hizo antes?

El presidente Andrés Manuel López Obrador llegó al poder con una amplia mayoría en la Cámara de Diputados  y apretada ventaja en el Senado, con apoyo de partidos satélites.

Pudo hacer reformas constitucionales que había anunciado como candidato, pero ya en el poder dijo que las dejaría en reserva para el segundo periodo, a mitad del sexenio, «las reformas importantes», como la ahora contra-reforma a la hecha por Enrique Peña Nieto de 2013.

Ese pronunciamiento dio paso a especulaciones entre analistas políticos: que el presidente calculaba que en los comicios de mitad de mandato lograría una mayoría mucho más amplia de la lograda en 2018.

Esa mayoría, según parecía, le daría una enorme legitimidad para sacar adelante proyectos ambiciosos, como el retorno del sector eléctrico a los tiempos del apogeo priista, con el control total, o casi, de la generación y distribución de la electricidad y, quizá, algo que otros presidentes (Miguel Alemán, Luis Echeverría, Carlos Salinas) solo consideraron como una posibilidad, pero que al consultar el asunto con discreción, fueron convencidos de no intentarlo: la reelección.

Pero sus cálculos fallaron: En lugar de ampliar su ventaja, la nueva conformación en la Cámara de Diputados le impide a Morena inclusive la mayoría simple y requiere de los partidos satélites (PT, PVEM) para lograrla.

Y en la votación de anoche quedó perfectamente claro que la coalición opositora (PRI-PAN-PRD) tiene amplísima ventaja para impedir reformas a la Constitución.

¿Entonces, por qué esa tortuosa tozudez para llevar a sesión general en San Lázaro una iniciativa condenada al fracaso?

Si acaso fue para, en la sesión transmitida por el Canal del Congreso, «exhibir» a la oposición como corruptos y «vendidos a las transnacionales», pues parece que no salió todo lo bien que pronosticaba.

Los diputados de Morena  y sus aliados, una vez más, se exhibieron a sí mismos como una pandilla de «porros» con paupérrimos recursos como parlamentarios. En el mejor de los casos, demostraron un discurso no sólo anacrónico, sino maniqueo, con olor a sala de museo ideológico.

Un discurso que a principios de la década de los 80 del siglo pasado, fue enterrado por los «eurocomunistas» franceses, españoles e italianos, los que enterraron conceptos tan gastados como «dictadura del proletariado», «centralismo democrático», «ortodoxia marxista-leninista» y un amor exacerbado a Cuba y su brutal dictadura post-castrista.

Los morenistas retomaron los rollos, en buena medida desechados por el PRD y sus ex guerrilleros, de considerar a la empresa privada como actividad cuasi-delincuencial (salvo el cuate Slim, a quien se le perdonan inclusive los muertos de la línea 12), y apapachan como aliado a un criminal muy conocido como Manuel Bartlett.

En la sesión del domingo 17, Morena sacó al balcón a sus huestes reclutadas en el lumpen político; a grupos adiestrados para corear consignas trilladas, ahora sí, exactamente igual que se muestran en la ahora muy citada novela corta de George Orwell, «Animal farm«.

«Traición a la patria», dijo el presidente López Obrador en la mañanera de este lunes. Pero, gracias a cuatro votos en la Suprema Corte, Manuel Bartlett seguirá haciendo de las suyas en la Comisión Federal de Electricidad.

La iniciativa fue llevada a votación, tal vez con la idea de un espectáculo parlamentario donde en sublime paradoja, la mayoría morenista se colocó en el lugar de víctima de una oposición en contubernio con «fuerzas extranjeras que quieren seguir saqueando nuestros recursos».

Y las alabanzas a Juárez y Cárdenas, un liberal y un socialista que con orgullo recibió el «Premio Stalin de la Paz».

Pocos días antes de su fallecimiento, el Benemérito recibió en Palacio Nacional a un nutrido grupo de potenciales inversionistas de Estados Unidos. El plan se frustró con la muerte del presidente, pero años después fue retomado con entusiasmo por otro presidente, que ahora es «la bestia negra» de la historia según el PRI y ahora, de Morena.

Pero en la «mañanera», el primer mandatario no desperdició la oportunidad para otra frase, digamos, como parafraseando al gran Yogi Berra: «Esto no termina todavía».

@ortigoza2010

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