Luis Echeverría: un biografema

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Luis Echeverría: un biografema

Por: Lorenzo León Diez/México Social

La muerte hace unos días de Luis Echeverría Álvarez (1926-2022), a los cien años de edad, es un principio historiográfico, una vez que se cumple un largo periplo vital que da nombre a una de las más complejas secuencias de la vida civil mexicana, marcada, desde el presidente Cárdenas, en periodos sexenales.

Ahora comienza seriamente (una vez desaparecido el hombre) el trabajo de los historiadores. El material es inmenso y está a la mano. Y veremos consecuentemente aportaciones y, sobre todo, orden cronológico a la vez que derivas reflexivas.

Estamos quizá ya ante algunos proyectos biográficos y aquí se pueden lucir los historiadores jóvenes, pues todavía viven muchos de los protagonistas de aquellos años aciagos y trágicos, contradictorios y, por qué no, humorísticos, recordemos que Rius por esa década comienza a realizar su obra, un Posada moderno.

Por lo pronto tenemos un primer biografema de Luis Echeverría. ¿Qué es un biografema? Es un neologismo inventado por Roland Barthes: “Es la biografía mediante el rodeo de un retorno amistoso del autor en la forma de algunos detalles que son, sin embargo, la fuente de vivas luces novelescas. Tiene su origen en la anotación, en el trazo fugaz, en la ficha que era, como se sabe, su principal instrumento de trabajo”.

Para fijar la naturaleza de este género (entre el arte y la historia, que es, a su vez, ciencia), Barthes se pone a sí mismo de ejemplo: “Si yo fuera escritor y estuviera muerto, me agradaría que mi vida se redujera mediante los cuidados de un biógrafo amistoso y desenvuelto, a algunos detalles, a algunos gustos, a algunas inflexiones, digamos a algunos biografemas cuya distinción y movilidad pudieran trasladarse fuera de todo destino y llegar a tocar, como átomos epicúreos, algún cuerpo futuro, destinado a la misma dispersión”.

La escritora mexicana residente en París, Vilma Fuentes, nos ofreció en su colaboración de La Jornada (domingo 10 de julio) un primer biografema de Luis Echeverría, pues ella fue su amiga, si así se puede llamar a la relación de una chica con un hombre que le hacía “sentir miedo. Un temor fascinante que me magnetizaba sin poder alejarme. Como si me viera aspirada por el hoyo negro de una estrella muerta”.

El talento de la joven escritora, y sin duda su encanto femenino, la hicieron habitué de la residencia del expresidente mexicano afincado en París. “Yo estaba en el baño cuando él vino a telefonear desde ese piso. Escuché algunas de sus frases sin querer. Me pregunté si no debía salir de inmediato del baño y hacerle ver que yo estaba ahí y podía escuchar su conversación telefónica. Demasiado tarde, había oído demasiado. La violencia de sus palabras, el tono y la fuerza que articuló dos o tres insultos injuriosos dirigidos a su interlocutor me decidieron a quedarme callada y salir del baño sólo cuando él se fuera. Comprendí que hablaba con su sucesor, José López Portillo. Era tajante: ¿por qué? Porque yo lo digo”, ordenó cortante, como si se dirigiera a una persona a su servicio, a un criado”.

Vilma se convirtió en confidente del político auto exiliado aún, en Francia. La audaz chica una vez, a solas con él, en el comedor, le preguntó: “¿Quién dio la orden de la matanza del 2 de octubre? Se puso de pie de un salto y se echó a caminar de un lado a otro del comedor sin mirarme. Sentí pavor, volví los ojos mirando con qué defenderme, un objeto cualquiera, mirando el grosor de sus puños. De pronto se acercó a la mesa de madera cuya tabla horizontal tenía el espesor de unos 15 centímetros y dio en ella un puñetazo que la hizo cimbrar. Quedé paralizada del susto”.

“¿Sentiste miedo? Así viví 12 años bajo las órdenes de Díaz Ordaz, seis como subsecretario y seis como secretario de Gobernación, donde era mi jefe”.

He aquí la naturaleza del biografema. ¿Cuántos se pueden encontrar en la centenaria vida de este hombre? No importa el número, con este basta para enseñar la naturaleza de un género y la naturaleza de un sistema político social que, afortunadamente, lo hemos despedido definitivamente con sus cenizas.

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